EL HOMBRE EN LA LUNA

El hombre en la Luna

El hombre en la Luna de Francis Godwin

Aquí, el principio de un antiguo y curioso libro de aventuras.

EL HOMBRE EN LA LUNA o el viaje quimérico hecho al Mundo de la Luna, recientemente descubierto por Domingo González, aventurero español conocido como el Correo Volante.
Traducción al español de J. González de la edición francesa de Jean Baudoin. París. F. Piot, J. Guignard, 1648.
Autor libro inglés original: Francis Godwin.

[Sigue la dedicatoria al Señor de Deremberg, Señor de Hirtzberg, & c. …]

EL HOMBRE EN LA LUNA
Toda Andalucía conocía que soy Domingo González, gentilhombre de Sevilla,ciudad de las más célebres de España, donde nací en el año de 1552. Mi padre, que se llamaba Terencio González, tenía el honor, por línea materna, de ser pariente cercano del Conde de Almenar, el valeroso Don Pedro Sánchez, tan glorioso por sus memorables hechos de armas. En cuanto a mi madre, ella era hija del famoso jurisconsulto Otón Pérez de Saavedra, Gobernador de Barcelona y Presidente de Vizcaya. Yo era el benjamín de sus diecisiete hijos y me enviaron a la Escuela con la intención de hacerme hombre de la Iglesia, mas Dios, que me reservaba para otro fin, me inspiró para emplear algunos años en la guerra, en los tiempos en los que el temible y renombrado Don Fernando, Duque de Alba, fue enviado como Gobernador a los Países Bajos, en el año de gracia de 1568.

Así que siguiendo mi primera intención, dejé la Universidad de Salamanca, a la que mis padres me habían enviado, y sin tan siquiera avisar a ninguno de mis mejores amigos, me dirigí a Francia, derecho a la Villa de Amberes, a la que llegué con muy escaso equipaje en el mes de junio del año 1569. Eso me obligó a hacer economías para poder sobrevivir; a pesar de que con mis libros, con los adornos de mi habitación y con algunas otras ropas que me habían quedado y que vendí, saqué, con buena fortuna, unos treinta ducados; a los que les pude añadir otros veinte que algunos amigos de mi padre me prestaron. Con parte de esta suma me compré un caballo, con el que quiso la fortuna que viajase más confortablemente de lo que nuestros jóvenes gentilhombres están habituados a hacer. No obstante, esta comodidad me procuró una lamentable aventura. Esta fue que apenas hube llegado a los arrabales de Amberes, cuando fui a encontrar a esa maldita casta de ladrones que de ordinarrio se llaman bigardos, quienes arrojándose sobre mi me arrebataron mi caballo, además de todo mi dinero.

Viéndome así privado de todo bien, la necesidad, que no entiende de ley, me aconsejó tomar partido por el Mariscal de Cossé, Monsieur François, personaje de bastante fama. Entré a su servicio con un empleo que, en verdad, era muy honorable; lo que le pesó a mis enemigos que manifestaron, como afrenta, que yo era el criado de un palafrenero. Pero la realidad era justa la contraria y, según ella, yo actuaría siempre, tal y como, al respecto, dirán el Conde de Manseld, Monsieur Tanier, y otras muchas personalidades del todo irreprochables que, a menudo, como personas de honor, han testimoniado la auténtica verdad de todo esto. Y que no es otra, en efecto, mas que el Mariscal de Cossé, que había sido enviado como diputado al Duque de Alba, Gobernador de los Países Bajos, habiendo oído hablar de mi origen y de mi última desgracia, juzgó que no le sería de poco honor tener a su servicio a un español de mi condición. Dando orden para que mientras permaneciera con él, no me faltaran ni armas, ni caballo, ni ninguna otra cosa de la que tuviera necesidad; y que tras que hube aprendido la lengua francesa, al apreciar que no escribía mal, me tuvo en calidad de Secretario. Y si en alguna ocasión, en tiempos de guerra y en caso de necesidad, me excedí en mis obligaciones, eso no es cosa, a mi parecer, que se me deba de censurar; al contrario, en ello, yo tuve mucho más de alabar, puesto que el deber de un verdadero caballero es, según tengo entendido, no desatender ni la menor de las ocupaciones cuando en ello va el honor de su señor.

El primer lance en el que me hallé, fue contra el Príncipe de Orange, cuando este Mariscal de Cossé, mi íntimo amigo, habiéndolo hallado por la parte de Francia, lo puso en fuga, y le dio alcance en las murallas de Cambray. Mi buena fortuna quiso entonces que yo hiciese prisionero de guerra a uno de los escoltas del enemigo, al que maté el caballo de un disparo. A la vez, el jinete fue herido en la pierna y, aunque muy ligeramente, esto le impidió moverse y se vio obligado a ponerse a mi recaudo. Yo me valí de esta ventaja para despacharlo …

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